Debate,
¿simple instrumento de marketing?
Lunes
30 de Abril de 2012
Se
ha discutido acerca de la contribución
de los debates al fortalecimiento de
la democracia, particularmente a la
conformación de un electorado
más crítico e informado.
Incluso,
recientemente, Andrés Manuel
López Obrador discutió
las restricciones que desde su punto
de vista estableció el Instituto
Federal Electoral en el formato de debates.
Se
coloca en la mesa del análisis
la saturación en medios electrónicos
de información política
difundida por los candidatos y partidos
políticos, a la cual se suma
la obligación de concesionarios
y permisionarios públicos de
difundir el debate.
Es
innegable que la mayor discusión
de los temas públicos, como es
el caso de las diversas propuestas y
posiciones de los candidatos a los diversos
puestos de elección popular,
es un pilar indispensable en un régimen
democrático.
Este
es el motivo por el cual los debates
han evolucionado. De constituir una
posibilidad se convirtieron en elementos
requeridos por el código electoral,
aún y cuando no son obligatorios.
El
debate es una oportunidad para que los
candidatos se muestren como personas,
ciudadanos, profesionistas, aspirantes
a un puesto de elección popular:
asimismo, para que demuestren sus conocimientos
en las diversas materias discutidas,
pero sobre todo, su capacidad de improvisar,
la inteligencia para presentar datos
en unas cuantas oraciones, ser convincentes
en el mensaje.
Los
debates aún no constituyen, por
el formato, instrumentos a través
de los cuales los aspirantes profundicen
en los temas: el debate actualmente
es un mecanismo de marketing: el candidato
se presenta, discute, replica y hace
uso de la contra replica, en unos cuantos
minutos.
No
por el hecho de que los debates impidan
profundizar en los temas deben estos
ser desestimados, porque cumplen un
propósito en la democracia instrumental,
aún incipiente, mostrar a los
candidatos frente al elector, una rendición
de cuentas anticipada, que permita compararlos
unos y otros.
La
cuestión es que al cuidar profundamente
cuestiones de igualdad y equidad, el
órgano electoral sacrifica una
mayor confrontación de las ideas,
al menos de más profundidad.
Esto puede ser criticable, pero el formato
deberá avanzar.
Debe
pensarse en debates temáticos
de mayor profundidad, con interpelación
de intelectuales, amas de casa, estudiantes,
profesionistas, gente de a pie, o incluso
un panel de periodistas.
Ejercicios
de debate de mayor duración,
que permitan una confrontación
real de conocimientos. E incluso debates
técnicos de los personajes especialistas
de los diversos comités de campaña.
Aún
más, debería pensarse
en un debate adicional donde solo los
punteros participarán en la discusión,
ya que quienes se encuentran a la zaga
poca oportunidad tienen de plantear
ideas que no se encuentren influidas
por razones de simple marketing, estruendo
y búsqueda de espacios mediáticos.
Así podría verse en escena
única y exclusivamente al primer
y segundo lugar. La cuestión
es que una propuesta de esta naturaleza,
en un ambiente crispado por la desconfianza,
tiene poca oportunidad de avanzar.
Un
debate a profundidad, de dos o tres
horas, con discusiones técnicas,
provoca el desaliento del público
radioescucha o televidente, que ve la
televisión y el radio como entretenimiento,
ubicando en ese parámetro a las
discusiones de los candidatos: un debate
de dos horas apenas resistirá
la atención de un electorado
que aún lucha por avanzar en
la consolidación de su madurez.
El
hartazgo de la comunicación política,
con miles de mensajes saturando el espectro
radioeléctrico, poco abona también
a la consolidación de ese espectador
maduro democráticamente, ya que
para el primer debate del seis de mayo
próximo, llegarán hastiados
de mercadotecnia política: la
espotización de la democracia
que poco contribuye a la construcción
de un elector crítico y responsable.
Indudablemente
se debe avanzar en la construcción
de formatos que propicien una discusión
a profundidad, en ello como sociedad
tenemos el gran reto, ante un exceso
de regulación electoral que para
tutelar la equidad en la contienda aplasta
espacios de la libre expresión
de las ideas y el derecho a la información.
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